Cuando nació, la comadrona dijo a sus padres: «Han tenido ustedes un camaleón».
Tras la emoción de dar a luz un reptil se confirmaron los peores presagios.
La criatura imitaba, cantaba y bailaba con desparpajo (que no bien) así que el destino le llevó a dedicarse a la interpretación.
Son muchos los grandes teatros y auditorios en los que no ha actuado y largas las ovaciones que no ha recibido.
A pesar de todo, sigue ahí, perseverante, entre otras cosas porque es lo único que sabe hacer, pero recibiendo elogios incluso de gente que no son familiares.
Ahora aquel muchacho se ha convertido en un fibroso y apuesto canalla de ojos verdes y 1,70 de altura que dedica exclusivamente su tiempo a las artes escénicas.
Sus experiencias audiovisuales nunca le han mucho tilín pero sueña con tener una buena oportunidad un día para abandonar esa decepción.